miércoles, 9 de mayo de 2012

Visiones del mundo


El verdor de los fresnos, observó, se mantenía firme, oscuro. Pero una mirada atenta permitía descubrir algunas hojas, pocas todavía, que comenzaban a tornarse amarillentas. La tarde, muy clara, dejaba ver ése y otros signos del avance del otoño. Mientras caminaba con lentitud, la vio. Un par de ojitos tenuemente rasgados lo miraban desde el otro lado de la calle. La nena, de unos cuatro años, señaló hacia abajo, en su pie. Una pequeña venda envolvía uno de sus dedos. Vio que la madre de la nena la alcanzaba, después de cerrar el auto. Entonces, se consideró habilitado para preguntar:
- Pero ya no te duele, ¿no?
La nena le sonrió a través de la calle, pero no habló. Pensó que tal vez todavía no sabía hacerlo. La madre contestó por ella:
- Ya no. Pero vamos a comprar unas sandalias bien cómodas.
La madre y la hija, si bien no eran demasiado parecidas, tenían la misma sonrisa.
Mientras ellas cruzaban la calle, él y su hijo subieron al auto. Al darle contacto, la radio se encendió. Un periodista se decía víctima de un grave atropello. Su hijo, en el asiento del acompañante, no reparó en la denuncia. En cambio, mencionó la belleza que acababan de ver. Mientras tanto, él observaba por el espejo retrovisor a la madre y a la nena caminando de la mano, rumbo a la zona comercial. Pensaba en la diferencia entre lo que veía en el espejo y lo que oía en la radio. La apagó.
Puso el auto en movimiento. Para retornar hacia el sur debía dar la vuelta a la manzana. La voz que había escuchado en la radio se transformó en un eco que lo arrastró en el tiempo, hacia el pasado.
Recordó una tarde, varios años atrás. Solo en su oficina, trabajaba en la semipenumbra. Lograba una serena sensación de soledad dejando las luces apagadas, permitiendo que penetrase algo de sol a través del cortinado del ventanal. Desde el exterior la oficina parecía desierta. De hecho, no solía responder si llamaban a la puerta, a menos que esperase a alguien.
Era una tarde fresca, probablemente de mayo, o de junio, cuando el teléfono sonó. Una voz conocida, la misma que acababa de escuchar ahora en la radio, lo saludó, nerviosa. Al parecer, no había lugar para las habituales bromas que iniciaban cualquier conversación entre ambos. Su interlocutor tenía una urgencia: comprobar si había cometido una equivocación, o no.
Flotaba en el ambiente una tristeza inexplicable.
La voz preguntó. Necesitaba confirmar una cifra. Él, intuyendo lo que estaba sucediendo, dijo el número correcto, por todos conocido. Escuchó del otro lado un resoplido de desaliento.
Ahora mismo, al recordar, podía sentir aquel aire de angustia.
Dijo algo, por compromiso. La voz no halló, en sus palabras, consuelo. Su investigación era, en realidad, un error ridículo.
Al llegar a la esquina, rumbo al norte, dobló a la derecha; hizo lo mismo unos metros después. Se detuvo. El semáforo mostraba su luz roja. Pensaba en la disonancia de las voces del periodista; la de antaño, abatida; la de ahora, arrogante. Dos tonos, sí, pero un mismo origen, especuló: la persecución de ese artificio que llaman éxito, conocido por poseer mil esclavos.
Ya con rumbo al sur de la ciudad, miró a su derecha. Allí iban, caminando, madre e hija. Encontró nuevamente los ojitos de leve rasgo oriental que había conocido cinco minutos antes. Se preguntó cómo será el mundo que ven esos ojos. No llegó a una conclusión, pero la sonrisa de la nena le pareció, plena de libertad, un indicio.