domingo, 22 de abril de 2012

¿Casa tomada?

Nuestra casa era espaciosa y antigua, y estaba llena de recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres (en fin, la parentela), y toda la infancia. A mi hermano Julio le gustaba.
Con el paso del tiempo nos acostumbramos a habitarla solos, lo que era un desperdicio de espacio porque en esa casa podían vivir varias personas más sin molestarse para nada. Pero era lo mejor: tampoco era cuestión de sumar gente por el sólo hecho de llenar habitaciones.
Utilizábamos las mañanas para hacer la limpieza. Nos levantábamos a eso de las siete y para las once Julio se iba a la cocina mientras yo terminaba de repasar las últimas habitaciones.
Al mediodía, siempre con puntualidad, almorzábamos; teníamos el día por delante y fuera de unos platos sucios ya no quedaba nada por hacer.
Siempre me pareció que a Julio le resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa, y la suficiencia que teníamos para mantenerla limpia. Cosa suya. Realmente no había mayor mérito: limpiábamos sobre lo limpio.
Con los años fui aceptando que no casarme fue una decisión acertada. Es así: la vejez no garantiza sabiduría, pero es más probable empezar a ponerse sabio cuando uno va envejeciendo. Rechacé dos pretendientes sin mayor motivo, después de que a Julio se le murió María Esther antes de que llegaran a comprometerse. Fue así que entramos en los cuarenta años (sé que suena horrible) pareciendo un simple y silencioso matrimonio de hermanos. Y en eso nada tuvo que ver la casa ni los recuerdos de parientes y de nuestra niñez que sin duda albergaba. De todas formas, allí moriríamos alguna vez, vagos y esquivos primos la derrumbarían para vender primero los ladrillos y luego el terreno (es lo más lógico) o quizás, mejor, seríamos nosotros quienes la echaríamos abajo de una buena vez.
Mi vida se desandaba envuelta en un tedio apacible. Aparte de la limpieza matinal me pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de mi dormitorio. Tejía y tejía, siempre tejía, aunque esa labor no era un gran pretexto para no hacer nada, motivación que Julio le adjudicaba al tejido en las mujeres. Así era de llano en mi hermano el conocimiento del sexo opuesto. Yo tejía, de hecho, porque no tenía otra cosa que hacer. Igual, hay que admitir que las tricotas son necesarias en el invierno, él necesitaba medias, yo chalecos y mañanitas. Era muy detallista. Si algo en un chaleco no me terminaba de convencer, lo destejía de inmediato, sin pensarlo dos veces. A Julio ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas le parecía gracioso. Aunque duela admitirlo, eso le parecía. Los sábados iba él al centro a comprarme lana. No me agradaba del todo su gusto, aunque a veces la pegaba, supongo que por una cuestión de prueba-error. Él disfrutaba esas salidas, las aprovechaba para darse una vuelta por las librerías para preguntar si había novedades en literatura francesa, aunque sonaba a excusa: desde el inicio de la segunda guerra no llegaba nada de eso a la Argentina.
Julio se preguntaba qué hubiese hecho yo sin mi tejido. Su teoría era que un libro se puede releer, a diferencia de tejer un pullover, que una vez que está terminado no se lo puede repetir “sin escándalo”, como él decía. Yo pensaba que es mejor mover un poco las manos, tejer, destejer, retejer, que leer siempre lo mismo. Es más, mientras él iba por la séptima u octava lectura de, por ejemplo, algún libro de Flaubert o de Víctor Hugo, yo llenaba el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor con pañoletas blancas, verdes y otros colores, les colocaba naftalina y las apilaba como en una mercería. Y no era por dinero la cosa, ¿eh?, porque no teníamos necesidades. Vivíamos de rentas, del arriendo de los campos. Me gustaba y punto, no tengo que dar tantas explicaciones. Además, Julio se pasaba horas observándome las manos (las comparaba con erizos plateados), el rítmico ir y venir de las agujas y los ovillos agitándose, constantes, en las canastillas. Otra vez me duele aceptarlo, pero para él eso era “hermoso”.

Nuestra casa estaba dividida en dos partes. La más retirada, la que daba a calle Rodríguez Peña, constaba del comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios. El ala delantera, aislada por un pasillo con su maciza puerta de roble, tenía un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al que comunicaban los dormitorios y el pasillo. Al ingresar a la casa se topaba uno con un zaguán con mayólica y al living se llegaba traspasando la puerta cancel. A los lados estaban nuestros dormitorios y enfrente el pasillo hacia la parte trasera; yendo por el pasillo sólo había que cruzar la puerta de roble para estar del otro lado de la casa, o girar hacia la izquierda antes de franquearla e ingresar a un pasillo más angosto si la idea era ir a la cocina o al baño. Con la puerta abierta se notaban las grandes dimensiones de la casa; si no, se parecía a los departamentos modernos.
Julio y yo pasábamos todo el tiempo de la puerta de roble hacia la parte delantera. Sólo transponíamos esa frontera para limpiar la parte retirada. Julio tenía obsesión por la tierra en el aire y decía que si Buenos Aires es una ciudad limpia es puro mérito de sus habitantes. Allá él con sus elucubraciones. Había que verlo, plumero en mano, repasando los rombos de las carpetas de macramé y los mármoles de las consolas, siguiendo la trayectoria casi imperceptible del polvo suspendido en el aire, que luego se posa en muebles y pianos.
Lo recordaré siempre con precisión porque fue el principio de todo. Estaba en mi dormitorio tejiendo, eran las ocho de la noche. Julio fue hasta la cocina a poner al fuego la pavita para el mate. Cuando volvió me dijo:
- Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Luego me contó con obsesivo lujo de detalles que cuando estaba doblando por el pasillo hacia la cocina, antes de llegar a la puerta de roble, escuchó “algo” en el comedor o la biblioteca. Lo describió como un sonido impreciso y sordo, pero no logro recordar los ejemplos que citó para tratar de que yo entendiera mejor. También dijo haberlo escuchado en el pasillo que comunica la puerta de roble con las piezas de atrás. Según él, se tiró contra la puerta, “antes de que fuera demasiado tarde”, y cerró de golpe apoyando el cuerpo. Dio una vuelta a la llave y corrió el cerrojo, “para más seguridad”.
Muchas veces temí escuchar de su boca algo como eso. Estaba trastornado con el tema de la seguridad. Yo, que no había escuchado nada, le pregunté si estaba seguro. Asintió. Pensé unos instantes, buscando alguna frase útil para un momento como ese. Resignada, no se me ocurrió más que decirle que de ahí en más tendríamos que vivir de ese lado. Seguí pensando como continuar la charla, como indagar en lo que a él se le pasaba por la cabeza, pero lo vi tan ensimismado en la tarea de cebar mates que opté por reanudar el tejido en silencio. Tejía un chaleco gris, que a Julio le gustaba.

En los primeros días hubo situaciones penosas porque muchas cosas que queríamos habían quedado en la parte de la casa que Julio llamaba “tomada”. En la biblioteca quedaron sus libros de literatura francesa. Él echaba de menos su pipa de enebro y yo mis pantuflas tan abrigadas, mis carpetas y mi botella de Hesperidina. Más de una vez pensé en ir a buscar cosas mientras él dormía, pero desistí porque se iba a dar cuenta y no quería empeorar la situación. Aunque, confieso, algún que otro beso le di a la botella en madrugadas de insomnio.
La frase “no está aquí” era la más repetida por esos días, en alusión a cada cosa cuya ausencia de este lado de la casa descubríamos. La mirada de Julio en cada caso denotaba tristeza. Yo estaba resignada.
Claro que también hubo una ventaja. El hecho de no tener que limpiar la parte cerrada permitía que aún levantándonos más tarde, después de las nueve, a las once ya estábamos desocupados. Así fue que comencé a ayudar a Julio con la preparación del almuerzo. Luego decidimos que mientras él cocinaba para el mediodía yo prepararía platos para comer fríos a la noche. De esa forma abandonábamos cada vez menos mi dormitorio, que aglutinaba todas nuestras actividades porque era más cómodo. Esparcíamos las fuentes de comida en la mesa y allí cenábamos. Yo cada vez tenía más tiempo para tejer, y lo hacía. Julio sin sus libros andaba un poco perdido, se le notaba en la cara. Supongo que para no preocuparme fingía entusiasmo en revisar la colección de estampillas de papá. Creo que fingía, porque antes jamás le había interesado. Así pasamos el tiempo, cada uno en sus cosas. Para romper el silencio a veces le pedía opinión a Julio sobre algún punto que se me ocurría en el tejido. Otras veces era él quien me mostraba algún diminuto y pálido sello postal. Había aprendido de filatelia y hasta podía nombrar apellidos raros a los cuales atribuía méritos. Julio parecía estar bien, pero yo no dejaba de pensar. No se puede vivir sin pensar.

(Sufríamos de insomnio frecuentemente. Julio se desvelaba enseguida si me oía hablar dormida. Me decía que no podía habituarse a la voz que viene de los sueños y no de la garganta. Digamos que no era muy amable conmigo al señalar que mi voz era como de estatua o de papagayo. Él cuando soñaba daba sacudones que a veces hacían caer al suelo el cobertor. De mi dormitorio al suyo, aún con el living de por medio, se escuchaba hasta el menor sonido que interrumpiera el silencio de la noche. Hasta presentíamos nuestros ademanes, y también los mutuos insomnios.
Fuera de eso, todo estaba en silencio. Durante el día irrumpían los rumores domésticos. En la cocina y en el baño, pegados a la parte cerrada, a Julio se le daba por alzar la voz. No sé si no se daba cuenta o qué. Para abstraerme, yo optaba por cantar canciones de cuna.
En los dormitorios y el living reinaba el silencio y era allí donde pasábamos la mayor parte del día. Julio llegó a un punto en que parecía que pisaba más despacio para no molestar. Y lo que más me molestaba era, precisamente, el silencio. Ese puto silencio que luego, ante el menor ruido en la noche, nos provocaba desvelo).

Y lo que tanto temía, al fin sucedió. La cantinela fue casi la misma que la vez anterior, pero con consecuencias mucho peores. Julio siente sed y antes de acostarnos me dice que va a la cocina por un vaso de agua. Cuando me avisó de algo tan nimio como eso, pensé lo peor. Dijo que, mientras yo tejía, desde la puerta del dormitorio oyó “el ruido” en la cocina, aunque después dudó si no provenía del baño porque el codo del pasillo “apagaba el sonido”.
No me llamó la atención su brusca manera de detenerse, ya me lo esperaba. Por eso fui hasta él sin decir nada. En el impasible silencio hicimos el ademán de prestar atención a los supuestos ruidos. Según él, notaba “claramente” que eran de este lado de la puerta de roble. Yo no escuchaba nada y él se empeñaba en identificar el “ruido” en la cocina, en el baño o en el pasillo. Y no mencionaba más lugares porque más lugares no había.
La verdad, no lo quería ni mirar. Y por eso me vi sorprendida cuando me apretó el brazo y, literalmente, me llevó a la rastra, corriendo, hasta la puerta cancel. La cerró de un golpe y quedamos en el zaguán. Seguía sin oírse nada.
Creo que por piedad, o algún sentimiento análogo, dije:
- Han tomado esta parte.
Ante panorama tan hostil, solté el tejido que hasta ahí apretaba en mis manos. Los ovillos habían quedado del otro lado, pero eso ya no tenía ninguna importancia.
- ¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa?, preguntó, insólitamente, Julio.
Si no hubiese sido consciente de su estado, quizás hubiese pensado que me tomaba el pelo. Pero en realidad, sólo pensaba en los pasos a seguir. Previsora, había tomado los quince mil pesos que Julio guardaba en el armario de su dormitorio; nos serían de utilidad para esta urgencia. Trataba de imaginar el futuro, aunque me costaba ir más allá de esa noche, que seguramente pasaríamos en un hotel. Por un momento fantaseé con que Julio se repusiera de sus obsesiones, con un pronto retorno a nuestra casa. Pero la fantasía se esfumó de inmediato. Antes de alejarnos, “por lástima”, según me dijo, cerró la puerta y arrojó la llave a la alcantarilla. Lástima por no sé qué ladrones, concebidos, es evidente, por su atormentada mente.
No pude evitar ponerme a llorar.