lunes, 13 de septiembre de 2010

Un par de whiskies con el que te dije

Desvelos, responsabilidades, afanes. En fin. A todo ser le sucede, nadie está exento: los nervios de punta, la sesera que se recalienta. Y, digamos la verdad de una buena vez, un whisky en la penumbra humosa de un cabaret, quizás calculando la calidad del diminuto ropaje de las pibas, ayuda. Nunca será lo mismo el mismo whisky en la luz restallante del hogar; no tiene gracia, sería como aguarlo, beberlo con permiso, con los papeles en regla. Eso, se dice, pensó Dios cuando se acodó contra una barra de ladrillo visto en el interior de un tugurio de mala muerte, frente a la estación de trenes. El tipo pidió un importado, on the rocks, y clavó la vista en la parte dorsal de una rubia pulposa y entusiasta, a quien miraba con gesto de perturbación, como preguntándose cómo era que no se acordaba de haberla creado. Porque la región posterior de la rubia no era un paisaje del que uno pudiese olvidarse así porque sí, se dice que pensó el Creador.
Se dice también que Dios bajó de su celestial altura para distraerse un rato cuando se percató de que sus nervios se parecían a un manojo de cables que chisporrotean. Eso y exponerse a un accidente cerebrovascular es la misma cosa, evaluó, sin necesidad de ir a la consulta de San Jerónimo. Por algo es quien es.
Hasta acá una situación cotidiana. Nada del otro mundo. Dios hace su vida sin agitarse demasiado: problemas de dinero, ninguno; al colesterol lo tiene bastante controlado y, salvo para fines de semana largo como los de Pascuas o Navidad, el trabajo no le consume tanto tiempo. Podría decirse que mientras el asunto vaya así encaminado, será un tipo razonablemente conforme con su realidad.
El problema es que a veces se descuida, como la noche que fue al cabaret. No se dio cuenta de utilizar el chasquido de dedos para cambiarse de ropa y apareció pidiendo un escocés con una túnica color crema, no del todo limpia, sandalias de cuero al tono y los pelos canos revueltos. El gordo que atendía la barra le alcanzó su bebida sin inmutarse por la facha porque, mientras le paguen, le sirve lo que sea a quien sea, así esté como Dios lo trajo al mundo. Qué ironía.
No es que de repente la vida hubiese pasado a ser un martirio para el Señor. No. El tema es que vos llegás a un lugar con intenciones de relajarte, bajar un cambio como se dice, y no lo podés hacer porque olvidaste mudarte de ropa y resulta ser que si tenés un jean y una camisa nadie te lleva el apunte, pero si usás la túnica, las sandalias, la barba hasta la mitad del pecho y esa mirada inconfundible de Dios en los ojos, nunca falta alguno que te identifica y chau relax. Eso y que te empiecen a matar a preguntas es la misma cuestión, con el whisky en la mano se presume que pensaba el Tata cuando, medio confundido, se percató de su look.
El primero en acercarse fue un borracho que, como todo borracho que te reconoce en un lugar de esa naturaleza, o viene en son de hacerte saber todo su aprecio o, ya escaso de moneda, te pega el correspondiente pechazo. En este caso fueron las dos. Y el Padre lo resolvió esquivando el beso amistoso y pagándole una ginebra, no sin antes perdonarle un par de pecados veniales, para no perder ritmo.
Un rato de tranquilidad, decía para sus adentros Dios, aunque sólo como expresión de deseos. No como orden al cosmos porque lo agotaba ejercer autoridad todo el tiempo. Le hubiese convenido hacer el esfuerzo. Como examinándolo a medida que se acercaba, un cuarentón de anteojos tipo Woody Allen y barba a la manera del Shylock de Al Pacino, venía con la lengua lista para largar el interrogatorio.
Lo paró en seco el Señor, que ya se estaba poniendo de mal humor. Le dijo, simplemente, que no tenía deseos de hablar y, quizás haciendo del susurro un arte y del prejuicio una práctica impropia de su investidura, le adelantó que le disgustaría en extremo que le venga con esa cantinela que Dios no existe o aquella otra que Dios ha muerto.
No soy ni marxista ni nietzscheano, le respondió, con aire ofendido, el cuarentón. No sé por quién me ha tomado, agregó, porque al margen de mi aspecto de intelectual de izquierdas, soy un hombre de pensamiento libre e independiente.
Dios le aclaró que no había nada de malo en su aspecto y, como para distender un poco la cosa, le dijo que mal no lo había creado, al tiempo que le pellizcaba una tetilla, con guiñada cómplice incorporada.
Para mí usted es un perverso, le espetó el independiente. Dios, tentado de partirlo con un rayo que, como todos sabemos, puede lanzar con su índice derecho, demostró que no es él quien se deja llevar por tentaciones y fieramente lo retó por susceptible: un pellizquito en una tetilla no deja de ser un gesto de simpatía, razonó.
El hombre comentó que no lo decía por el pellizco, que incluso le había gustado bastante, sino para fijar su posición. Para él, según dijo, Dios existe y no ha muerto y, siguiendo esa línea de pensamiento, su perversidad puede verse con sólo echar una mirada a lo que en el mundo a diario sucede, sin que nada logre exculparlo.
El Todopoderoso tomó aire, se armó de paciencia y le pidió otro scotch al gordo. También le ordenó un “whiskicito nacional” para “el muchacho aquí presente”. Tomó un buen trago y a punto estaba de hacer una reflexión seguramente inmortal cuando volvió el borracho de un rato antes, que ya había entrado en fase de máxima repugnancia. Sin preámbulos, el mamado lo acusó de haber bajado a la Tierra para terminar la noche con la puta más linda del cabaret, mientras señalaba a la rubia culona que, casualmente, pasaba por delante del Señor. Ahora caigo, dijo Dios, a lo que el borracho contestó con un grito difícil de entender, pero que a grandes rasgos quiso significar que el Padre eterno le estaba dando la razón. No, no, aclaró el Señor: ahora entiendo por qué no recordaba haber creado a esta ricura. Eso dijo mientras señalaba un canal de raíces negras en medio de la blonda cabellera de la muchacha, que de rubio, en el modelo original, no tenía nada. Dios entendió innecesario responder a la acusación del borracho, pese a que tenía a punto caramelo una pertinente explicación de los factores humano y celestial respecto del deseo carnal, redactado en formato de ensayo por Charles Bukowski, quien, según las malas lenguas, a cambio de eso consiguió un boleto de entrada al Cielo.
Una vez superado el incidente con el borracho, que fue retirado a los empujones por dos tipos de rostro angelical que misteriosamente aparecieron de la nada, Dios se sintió cansado y el buen observador pudo notar que le resultó imposible reprimir un bostezo. Fue así que, no queriendo dejar sin saldar la discusión con su barbado interlocutor, pero urgido por zambullirse en su nube de dos plazas y media, apeló a un tono barriobajero para dirimir la cuestión: a ver, genio, contestame una preguntita. ¿Cómo es la milonga? Ustedes los humanos tienen autodeterminación, hacen del mundo lo que quieren, un despelote cada vez peor, si me permitís opinar, y resulta que el perverso soy yo…
Esta última frase fue proferida por el Magnánimo a viva voz, no sin que algunas partículas pequeñísimas de saliva se dieran a la fuga de su cavidad bucal, echadas a volar por la pasión del Único Rey.
El barbudo, algo intimidado por las formas del Padre y, claro está, por su mayúsculo calibre ecuménico, se recompuso y sin que le temblase un ápice el pulso, desafió: tranquilamente podría dirigir un poco la cosa con algo más de rigor, como si fuese un director de cine.
¿Sabés que lo pensé?, repuso Dios. Te juro que lo pensé. Pero a ver si nos entendemos: ustedes son peor que los conejos, ya están llegando a los siete mil millones. Alguna vez pensé en elegir a los más influyentes, digamos las mil personas más poderosas del mundo. A cada una le ponemos un guionista. Sí, un guionista para cada uno, para que les escriban que no existan más los genocidios, ni las guerras sin sentido, para evitar cosas por el estilo. Bueno, vos dirás: fantástico, Dios tiene al alcance la posibilidad de enderezar a la humanidad. Pero no es tan fácil.
El barbudo e independiente hombre preguntó por qué. Hay testigos de que el tipo con pinta de intelectual interrogó de buena manera, pero los mismos testigos refieren que Dios ya estaba de mal talante. Con modales inadecuados para el Jefe del Universo, cierto aliento a alcohol y un dejo de impotencia, se quejó: porque para pagarle a mil guionistas tendría que vender todos los tesoros de la Iglesia, ¿me entendés?
No esperó respuesta. Arremangándose la túnica para bajar de la banqueta, buscó con la mirada al gordo de la barra, que no apareció. Luego, cara a cara con el barbudo, dijo: andá a decirles vos a los pollerudos del Vaticano que queremos vender sus tesoros. Dale, andá…
Y salió Dios por la puerta, cruzó la calle y se perdió en las sombras, justo al pasar por una arboleda. Segundos después cruzaron la calle los tipos que habían sacado al borracho como chicharra del ala. La rubia culona no se veía por ninguna parte.

7 comentarios:

andal13 dijo...

Yo no sé si Dios existe o no, y a decir verdad, no es una cuestión que me queme mucho, aunque tengo mis días.
En cambio, estaba férreamente convencida de que Germán no existía.
Hasta hoy,

Yo, pa' mí, que hay uno que le está usando la cuenta de blogger.
Da igual, mientras se descuelgue con cuentazos como este, por mí que sea el propio Mandinga el que escriba.

ro dijo...

Qué hacés gurí...! Creando a Dios todopoderoso! Así me gusta. Ya se extrañaban mucho tus ficciones. No puedo levantar el índice acusador de ningún modo porque yo también me desaparezco cada dos por tres. Me encantó lo de la tetilla jaja... Esto tiene pinta de cuerda para rato. Besos

Anónimo dijo...

CHAPEAU! muy divertidos los personajes.

El Santi dijo...

Loco, te pasate.
Un cuento de dimensiones bíblicas.
No por lo largo, sino porque desde Moisés que el Jehová no estaba tan cerca de la gente. Si hasta parecía el pepe Mujica.
Siempre me dijeron que había que amar a Dios. Yo nunca pude. Pero ahora sí, a partir de tu relato el loco me resulta querible, qué sé yo. Pobre loco, una escapada que se hace y todo el mundo a romperle las bolas...
Grande Dios, se dio cuenta que la posta son los cheboli. Y las rubias culonas. Era hora.
Vos me abriste los ojos Germán. Me acercaste a Dios. No te lo voy a perdonar nunca.

FLACA dijo...

Yo no podía faltar aquí, aunque todavía no leí el cuento y creo que hoy aún no lo voy a leer, porque lo quiero disfrutar y ahora no tengo el tiempo suficiente.Pero tengo que escribirte hoy, sos un amigo bloguero especial.
Me ha encantado reencontrarte, me ha encantado verte volver,me ha encantado ver que seguís escribiendo.
Mañana o pasado vuelvo, no vaya a ser cosa de dejar morir este contacto.
Ahora me voy a cocinar y a tomarme un whisky, no con "el que te dije" sino a tu salú.¡Que nunca falte!

Anónimo dijo...

si no te gusta lo q diga no me aprobás el comentario?me gustaron 2 frases nada mas del cuento,me parecen graciosas casi brillantes:"...esa mirada inconfundible de dios en los ojos"y "Dios...tentado de partirlo con un rayo que,como todos sabemos,puede lanzar con su índice derecho"

Anónimo dijo...

Este fue un buen artículo para leer, gracias por compartirlo.