Esa entidad que una elite de decisores bautizó con cierta demasía Sistema Literario Argentino, mientras las masas (siempre más modestas) apenas si se animaron a concederle la categoría de grupo de escritores esenciales, tiene –por un elástico consenso- nombres indiscutibles y de los otros.
Cualquier desprevenido puede mencionar a Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Roberto Arlt como generales de un ejército que, es obvio, comanda desde las alturas Jorge Luis Borges. Hay otros nombres que no deberían faltar en cualquier recuento medianamente serio, pero no es el objetivo de esta crónica la enumeración vana.
Aquí la cuestión es otra, solapada si se quiere. Lo que se pretende saber es qué le pasaría a la cultura nacional si, de golpe y porrazo, se borrara del mapa todo vestigio de la existencia de un Bioy o de un Marechal, por nombrar, al azar, a dos “próceres”.
La respuesta es simple: no pasaría nada.
Sospecho que a esta altura del artículo habrá más de cuatro cultos lectores al borde del soponcio. Quizás algún exagerado compare la hipótesis que aquí se plantea con la sensación que todo bien nacido sintió en su infancia cuando, saturado de crueldad, alguien lo anotició de que Papá Noel no existe.
Seamos serios, por Dios.
Vale dejar jugar a la imaginación para resolver el entuerto, si es que algo vale en esta vida.
Retocemos ficticiamente: de un momento para el otro se desvanece el sujeto Roberto Arlt y con él todo rastro que dejó en su paso por la tierra, su obra, los amores que sufrió y los que se perdió de disfrutar y, por último, toda huella que pudo haber quedado de su ser en la memoria colectiva e individual.
Pensemos, que no duele y todavía es gratis.
¿Qué sucedería? Reitero: nada.
Antes de que alguien proceda a estrangularse con una ristra de ejemplares de El juguete rabioso o a auto lapidarse utilizando Los siete locos, Los lanzallamas y Aguafuertes porteñas como letrados proyectiles, brindo rápida respuesta y concluyente prueba: la ignorancia sobre la obra de un escritor fundamental ya existió en este país y nadie se murió por eso ni se enderezaron espontáneamente las bananas.
Puedo adivinar al sesudo lector buscando y rebuscando (por no decir rebuznando) en su mente a alguno entre tantos escritores olvidados. No se piense en Mallea ni en Macedonio Fernández, no se ose desempolvar el nombre de Sara Gallardo. No.
Si esa es la salida que piensan, se equivocan. Esos, y muchísimos más, han quedado relegados, la mayoría de manera indebida, pero no fueron decididamente escondidos.
Tanto barullo por una conjetura como la que aquí se traza tiene una perversa explicación: exceptuando a los ignorantes consuetudinarios, el resto es partícipe o encubridor del ninguneo del que fue objeto quien en vida fue un contraejemplo taxativo: Clemente Otoniel.
Son los mismos que se rasgan las vestiduras al decir que no hay biblioteca posible sin Sábato o que no hay literatura argentina sin Bioy, y paparruchadas por el estilo.
Lastimosamente, este cronista no está autorizado (todavía) a brindar detalles de un hallazgo que a muchos referentes de la cultura les hará temblequear hasta el caracú, pero sí puede adelantarse que la literatura argentina tendrá una nueva configuración desde el mismo momento en que vean la luz los cuentos que acaban de hallarse en una revista relegada por años al ostracismo, ocultos por un seudónimo que protegió a Otoniel de persecuciones políticas o de un marido celoso, no se sabe bien.
En tiempos de conciencias remordidas, una tardía isocronía: hubo quienes aceptaron que el (por antonomasia) poeta posee un lugar en el Parnaso; otros, a regañadientes, admitieron que el periodismo no volvió a ser el mismo luego de sus latigazos editoriales. Pero esas concesiones fueron apenas peones entregados por el poder, que pretendió así salvaguardar las piezas importantes del tablero.
Eso hasta hoy, el tiempo de la reivindicación total.
Pronto se conocerá la verdadera catadura moral de Cortázar al ser revelada la forma en que rompió un pacto con Otoniel, hecho que nuestro hombre calificó de “agachada del franchute”. Así, Casa tomada mutará la simbología que interesadamente le dieron los sabihondos de turno o “ulteriores críticos marmotas”, al decir del poeta.
Al mismo tiempo, la psicología moderna quedará en ridículo cuando se compruebe que un relato ignorado habló del Síndrome de Estocolmo veinte años antes que cualquiera de sus teóricos y con un lenguaje modesto y sin los firuletes que desnudan lo antipopular de algunos pretenciosos narradores.
Vayan sabiéndolo señores editores y académicos: si por décadas descansaron en la convicción que Otoniel no tenía el albacea que Kafka halló en Max Brod, empiecen a cansarse; prepárense los amigos del lugar común y ensayen el término “otonielesco”, porque en adelante habrán de usarlo más que a su cepillo de dientes.
En su tumba, Clemente se revolverá en paz.
domingo, 4 de octubre de 2009
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