
Dios, enlodadas las sandalias con barro pegajoso, tomaba mates una tarde debajo de un árbol, en plena lluvia. Una filtración intermitente de diminutas gotas -que gambeteaban ramas, gajos y hojas- se empecinaba en mojarle el pelo cano sólo de a ratos, pero con la molestia que conllevaba el hecho de sorprenderlo cada vez.
De mal humor se ponía el Padre de todas las cosas cuando el chorro de turno (intempestivo, siempre) le duchaba el flequillo.
Etérea y esmerada, una brisa en exceso comedida, se ocupaba de acomodarle los cabellos cada vez que el estrafalario manantial importunaba al Creador, sin conseguir –sin embargo- mejorar el talante del Tata.
En eso estaba ocupado el Señor cuando comenzó un sospechoso peregrinar (por así decirlo) de gentes que se le acercaban con cierto sigilo –y mucho de solemnidad- para, como quien no quiere la cosa, estirar la mano esperando ser convidadas nada menos que con un matecito celestial.
Entre que el chorrito irregular lo asustaba y (encima) le enfriaba el mate al mezclarse con el agua del termo en el interior mismo del porongo, Dios no estaba para relaciones públicas.
Pero… los caminos del Señor son inescrutables, subrepticios, incognoscibles y hasta sibilinos, por lo cual es casi fácil entender que no podemos comprender sus razones. De ahí que, pese al humor de perros que tenía, el Creador invitó con un mate a cada desconocido que se le acercó, aclarando que para él nadie es literalmente un desconocido (huelgan las explicaciones del porqué).
De todas formas, una cosa es estirar el brazo ofreciendo un mate y otra es hacer exactamente lo mismo, pero contento. Dios no estaba contento.
Entonces, creó (nunca mejor usado ese verbo) un simple jueguito, para divertirse un rato y de paso, tirar sobre el pastito un par de sentencias adoctrinadoras (se sabe: el tipo no puede con su genio).
Pasó el patrón de estancia, y Dios dijo:
Tómese un matecito de coherencia, mi amigo. No se me queje más de la sequía hasta que ponga en regla a la peonada, esa que pone el lomo para usted.
Después le tocó al comerciante:
Aquí tiene compañero, un matecito de vergüenza. No llore más por el impuesto, si usted evade por millones.
Luego se paró el mezquino.
Tome un matecito de realidad ¿No se dio cuenta de que no se va a llevar nada de todo lo que está encanutando?
Después fue el turno del dirigente político. Todos pararon la oreja para escuchar de qué forma Tata Dios lo ponía en vereda al maldito. Pero por mucho que pugnaron, se esforzaron y se amontonaron, no alcanzaron a entender nada. Simplemente porque nada dijo Dios, que apenas se limitó a alcanzarle un mate, con una sonrisa en los labios.
Mascullando bronca salieron los buenos hombres, quejándose de Dios, de su hijo Jesucristo y, por supuesto, también del Espíritu Santo:
Habráse visto, nos echó en cara nuestras cuitas, cositas que hacemos para sobrevivir, y al político –la peor basura que puede existir- no le dijo nada, bramaron, cada uno con distintas palabras y el mismo odio y la misma impotencia relumbrando como llamas a través de sus miradas. Y se fueron, bajo la lluvia, sus cabezas transformadas en urdimbres de vaya a saber qué cosas.
Dios seguía, mientras tanto, tomando mates con el político. Éste, cuando los mates ya estaban intomables (por lavados y por fríos), le dijo al Tata:
A uno le alcanzó un matecito de coherencia, a otro uno de vergüenza, después sirvió un matecito de realidad. Qué raro que no usó sustantivo para el mío…
Sonrió Dios. Se secó el chorro de agua que acababa de mojarle la frente. Y dijo con tono paternal:
A usted, mi amigo, no tengo nada que decirle. Usted es como un espejo.
¿Cómo dice?
Sí, compañero. Usted refleja al conjunto. Es un simple producto de eso que llaman sociedad. Malo o bueno, usted es ellos, y ellos son usted… En fin… ¿por qué no pone la pava al fuego? ¿Eh? Vaya... Vaya...
Ilustración de Andal13