Ilustración: Andrea Albarenga.Domingo por la tarde.
Antonia recogió el único plato que yacía sobre la mesa, y también el único vaso.
Nora, su hija, no había anunciado su ausencia. Sus nietos tampoco. No entendía las razones de su soledad de ese día. Sabía, sí, los porqués de su extendida soledad de los días laborables, de los días de escuela. Pensaba, siempre en domingo, que los domingos no le gustaban, que se sentía más sola ese bendito día de la semana. Tal vez porque bien podría pasarlos con Nora y con los chicos.
Pero no. Y no entendía.
No entendía.
Tomó el mantel a cuadros, azules y blancos. Lo extendió en el patio del fondo, lo sacudió con débil ahínco. Mientras lo hacía, observó la soga llena de ropa, ya seca. La había lavado esa misma mañana, para que Nora tuviese a disposición todo cuanto quisiera usar al otro día, en el trabajo. Para que los chicos tuviesen sus equipos de gimnasia, sus camisas y sus pantalones, impecables, para la escuela.
Pensaba Antonia, mientras apretaba cada broche, liberando así cada prenda, que su vida era medir ausencias más que disfrutar presencias.
Pero muchas veces se sentía tan útil…
Sentía un cosquilleo en el pecho cuando Nora le preguntaba por aquella pollera o aquel saquito, y ella le contestaba con precisión matemática en qué lugar estaba, siempre de punta en blanco. A veces su hija la premiaba con un beso a la pasada, aunque las más de las veces, no.
Los chicos no eran más considerados, aunque ella los entendía un poco mejor. Entre el colegio, las clases particulares, los amigos, los juegos… no iba ella a pretender tanta atención. Se lo repetía, especialmente los domingos, hasta casi convencerse, aunque anhelaba que las cosas fuesen diferentes.
Las cosas nunca van a ser de otro modo, solía refunfuñar en voz baja, como si alguien pudiese escucharla.
Callate, vieja loca, también solía decirse, después de rezongar, como aventando pasiones viles.
Sin darse cuenta vació la soga, ensimismada, pensativa. Se sorprendió, como si hubiese vuelto en sí de repente, planchando la ropa en la misma mesa en que había almorzado sola.
No quería pensar más. En esa siesta sintió una suerte de vértigo al pensar.
Sus pensamientos habituales contenían a Nora y a los chicos, a veces a su jubilación, no mucho más que eso. Le gustaba darle el dinero a su hija, para que lo administrara. Pero antes reservaba lo suficiente para comprarles un regalo a los chicos.
Nunca esperaba que le dijesen gracias. Y nunca se lo decían, tampoco.
Cuando terminó de planchar guardó toda la ropa en su lugar, con la misma exactitud de siempre. Colocó el mantel nuevamente en la mesa y preparó un té. Lo dejó a medio beber porque los pisos no brillaban y decidió lavarlos. Sólo interrumpió esa tarea para hacer una anotación en un papel. Temía olvidar la idea.
Una vez que consideró que la casa estaba reluciente, lista para la llegada de su familia, fue nuevamente al patio.
Poco después llegó Nora. Observó el orden, percibió la limpieza, leyó la nota escrita por su madre.
Entendió años en un segundo.
No me lloren, decía el papel que estrujaba Nora cuando vio el cuerpo de Antonia colgando de la soga.
