miércoles, 30 de abril de 2008

Entender al fin

Ilustración: Andrea Albarenga.

Domingo por la tarde.
Antonia recogió el único plato que yacía sobre la mesa, y también el único vaso.
Nora, su hija, no había anunciado su ausencia. Sus nietos tampoco. No entendía las razones de su soledad de ese día. Sabía, sí, los porqués de su extendida soledad de los días laborables, de los días de escuela. Pensaba, siempre en domingo, que los domingos no le gustaban, que se sentía más sola ese bendito día de la semana. Tal vez porque bien podría pasarlos con Nora y con los chicos.
Pero no. Y no entendía.
No entendía.
Tomó el mantel a cuadros, azules y blancos. Lo extendió en el patio del fondo, lo sacudió con débil ahínco. Mientras lo hacía, observó la soga llena de ropa, ya seca. La había lavado esa misma mañana, para que Nora tuviese a disposición todo cuanto quisiera usar al otro día, en el trabajo. Para que los chicos tuviesen sus equipos de gimnasia, sus camisas y sus pantalones, impecables, para la escuela.
Pensaba Antonia, mientras apretaba cada broche, liberando así cada prenda, que su vida era medir ausencias más que disfrutar presencias.
Pero muchas veces se sentía tan útil…
Sentía un cosquilleo en el pecho cuando Nora le preguntaba por aquella pollera o aquel saquito, y ella le contestaba con precisión matemática en qué lugar estaba, siempre de punta en blanco. A veces su hija la premiaba con un beso a la pasada, aunque las más de las veces, no.
Los chicos no eran más considerados, aunque ella los entendía un poco mejor. Entre el colegio, las clases particulares, los amigos, los juegos… no iba ella a pretender tanta atención. Se lo repetía, especialmente los domingos, hasta casi convencerse, aunque anhelaba que las cosas fuesen diferentes.
Las cosas nunca van a ser de otro modo, solía refunfuñar en voz baja, como si alguien pudiese escucharla.
Callate, vieja loca, también solía decirse, después de rezongar, como aventando pasiones viles.
Sin darse cuenta vació la soga, ensimismada, pensativa. Se sorprendió, como si hubiese vuelto en sí de repente, planchando la ropa en la misma mesa en que había almorzado sola.
No quería pensar más. En esa siesta sintió una suerte de vértigo al pensar.
Sus pensamientos habituales contenían a Nora y a los chicos, a veces a su jubilación, no mucho más que eso. Le gustaba darle el dinero a su hija, para que lo administrara. Pero antes reservaba lo suficiente para comprarles un regalo a los chicos.
Nunca esperaba que le dijesen gracias. Y nunca se lo decían, tampoco.
Cuando terminó de planchar guardó toda la ropa en su lugar, con la misma exactitud de siempre. Colocó el mantel nuevamente en la mesa y preparó un té. Lo dejó a medio beber porque los pisos no brillaban y decidió lavarlos. Sólo interrumpió esa tarea para hacer una anotación en un papel. Temía olvidar la idea.
Una vez que consideró que la casa estaba reluciente, lista para la llegada de su familia, fue nuevamente al patio.
Poco después llegó Nora. Observó el orden, percibió la limpieza, leyó la nota escrita por su madre.
Entendió años en un segundo.
No me lloren, decía el papel que estrujaba Nora cuando vio el cuerpo de Antonia colgando de la soga.

viernes, 4 de abril de 2008

Tal vez el otoño

Abril es el momento: primero se insinúa, luego se realiza, el otoño. A veces me da por pensar que el otoño es una sensación que pesa en mi ánimo más que una serie de cambios en el clima y en la dinámica de los días. En otoño se piensa distinto, pienso, y sé que no puedo sostener esa afirmación con un cierto atisbo de seriedad.
En una tarde de abril paseaba yo por la ciudad cuando tropecé con Lara. No es ese su nombre, pero así la llamaré.
La conocí en un tiempo no muy lejano. Un tiempo en el cual no era rigurosa en la lealtad hacia su esposo. Contaba a sus íntimos que la vida conyugal la aburría mortalmente. Esperaba con ansias la ausencia de su marido, pero no para correr a los brazos de su amante, que sí lo tenía, sino para respirar mejor, como también contaba.
Siempre que pensaba en Lara no podía evitar preguntarme qué razones la llevaban por el nunca impune camino de la deslealtad. En aquel momento supuse que la aquejaba el desamor.
Cuando vi a Lara, caminaba junto a su esposo. Eso no me resultó extraño. Empujaba, también, un cochecito. Había sido madre recientemente. Tal vez observarla en esa situación me sorprendió un poco, pero lo raro de la imagen era que Lara sonreía en el paseo. Parecía feliz.
Siempre creí difícil que un hombre desdeñe la posibilidad de un juego de seducción clandestino, aunque luego no reúna el coraje para concretarlo.
También creí que la mujer necesitaba algo más que la sensación de peligro, y satisfacción, para entregarse a un ilícito de esa naturaleza. Creo que Lara probó mi error. Ella no esperaba nada de su amante y vivía esos encuentros sin preocupación por el futuro, ni culpa.
Su pecado fue habértelo dicho, le dijo una vez a una amiga suya, traicionada por su hombre.
Al verla sonreír, en familia, pensé que tal vez existe un momento de la vida en que se hace necesario sentir cierta seguridad. Un momento en que los candores y las audacias ya no tienen un lugar asegurado, y mucho menos permanente. El tiempo en que el frío acobarda mucho más que el aburrimiento.
En otoño me resulta sencillo pensar así.