domingo, 30 de marzo de 2008

La sonrisa de Benigno

(Ilustración: Andrea Albarenga)

Benigno pasaba los setenta años cuando los achaques lo empujaron desde el campo hacia la ciudad. Era ya demasiado viejo para seguir la sacrificada vida rural, que era su vida. Al principio extrañaba los amaneceres limpios y el silencio. Pero su nostalgia no tenía límites cuando recordaba sus caminatas por el campo, al final de la jornada, cuando cada paso era un íntimo placer. Sus manos callosas trabajaban los campos, hacían posible los cultivos, y sus ojos se maravillaban al observarlos.
No hacía otra cosa que evocar su lugar, y quizás con ello su juventud.
Pero la vida en la ciudad tenía para Benigno cosas buenas. Había ruido de chicos en el vecindario. A él y a su mujer la naturaleza se los había negado. El viejo Benigno sentía un especial aprecio por sus vecinos con hijos. Las sobrias relaciones sociales que había entablado calmaban sus añoranzas. Tal vez por eso llevaba siempre una sonrisa pintada en la boca. Había que ser muy observador para reconocer la leve tristeza que anidaba en lo profundo de sus ojos.
Empujado por la miseria, Benigno pensó que podría aliviar su situación y la de su mujer sembrando verduras en un terreno baldío cercano, para luego venderlas.
Habló con su vecino, el de los cuatro hijos y la señora amable. El hombre no era el propietario del terreno, pero lo animó a trabajar la tierra desaprovechada.
El viejo superó alguna reticencia inicial y puso manos a la obra. En intensos días de trabajo retiró escombros y basura. Después acabó con la maleza, dio vuelta la tierra y preparó los surcos. Finalmente sembró repollos, en seis hileras de diez plantitas cada una.
Para empezar estoy conforme, le dijo Benigno a su mujer, cuando concluyó su tarea.
Se inició un tiempo de renacimiento para el viejo. Regaba el sembrado cuando caía el sol y observaba los progresos. A veces, los hijos de su vecino lo acompañaban en esos atardeceres. Le preguntaban sobre la vida en el campo, lo escuchaban con atención. Lo hacían sentir feliz.
Unas semanas después la huerta del viejo era tema de conversación en el barrio. Los repollos lucían un verde espléndido y desde cualquier ángulo que se los mirase mostraban una simetría admirable. No pocos vecinos se acercaron hasta la casa del viejo para felicitarlo y para encargarle uno de los frutos de su esfuerzo. Eso también lo hacía feliz.
Una mañana Benigno dejó la cama más temprano que de costumbre. Vio el amanecer tomando mate amargo. Casi no había dormido porque el momento de la cosecha era ese día. Despierto o en sueños, se pasó la noche pensando qué iba a hacer con el dinero que obtendría con la venta de sus repollos.
En un momento no soportó más la ansiedad y buscó su cuchillo de monte. Fue hasta el terreno. Se paró en un extremo. Quería observar por última vez su obra, antes de recoger sus frutos.
Miró la tierra, pero sólo un momento. Las lágrimas le impidieron seguir haciéndolo un instante después. En el atardecer del día anterior había visto sesenta enormes repollos; ahora veía pisadas, hojas tiradas en el suelo, y al fondo cuatro plantas que habían quedado como testimonio de que allí Benigno había trabajado duro, por meses.
Se secó las lágrimas. Se sentó un rato en el balde que utilizaba para regar la huerta. Luego se incorporó, y con tierna dedicación cosechó los cuatro repollos que las manos arteras habían despreciado. Los colocó en el balde y se dirigió a la casa de sus vecinos. Golpeó la puerta con suavidad y aguardó a ser atendido. Escuchaba, en la espera, el ruido de chicos que tanto le gustaba, de esos chicos a los que tanto quería. Hasta que lo atendió Olga, la señora amable.
Benigno, con su sonrisa de siempre, habló:
Señora, no sé qué pasó, alguien robó los repollos. Pero se salvaron cuatro, y quiero que ustedes se queden con dos.
La mujer lo miró, confundida. Se sintió impresionada por la sonrisa del viejo, aún contando su tragedia. Tomó los repollos y agradeció.
Benigno no volvió al terreno, que pronto se cubrió de malezas y desperdicios. Siguió disfrutando del ruido de chicos, y no borró nunca la sonrisa algo triste de su rostro arrugado.
Olga, a veces, habla con su esposo de los repollos que les regaló el viejo de enfrente, pero no de los otros.
La persigue la leve tristeza que anidaba en lo profundo de los ojos de Benigno aquella mañana.

24 comentarios:

andal13 dijo...

"¿Qué le habrán hecho mis manos?
¿Qué le habrán hecho
para dejarme en el pecho
tanto dolor?..."

Tremendo cuento, Germán, doloroso, terriblemente cruel y tan cotidiano...
Pero los Benignos de este mundo igual sonríen... aunque sea con una sonrisa triste, triste pero dulce...

JoJosho dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
milay dijo...

escribis sobre cosas de la vida de las cuales ni la vida se acuerda.... gracias por remover esta tierra... y hacerla respirar otra vez......

Ludwig dijo...

Que hermoso escrito.
Y que buena persona, Benigno.
Gracias, por tan hermoso escrito.

Luis

La Maga dijo...

ger...tanto tiempo!! no?
siempre es una sorpresa leer tus escritos,siempre conmueven una parte de mis ser,esa parte que guarda tanta cercania con las cosas cotianas...
te mando un besote

SUSANA dijo...

So sad, dear Friend! Debo decirte que me encantó el comentario de Milay: "...escribís sobre cosas de la vida de las cuáles, ni la misma vida se acuerda..."
Cómo no estar de acuerdo, después de haberte leído!

"La sonrisa de Benigno" es mucho más que otro cuento tuyo, es un homenaje a los muchos Benignos del mundo y a sus esforzadas sonrisas.
Tus líneas son una lupa, sobre los invisibles...y yo me siento muy orgullosa y felíz de tener la amistad del autor.

Más que nunca, mi ENORME CARIÑO y RESPETO por Vos, Escritor, que me conmovés como se te ocurre y cuando se te ocurre!

Anónimo dijo...

CÓMO SIEMPRE, CÓMO YA ES HABITUAL Y YA NOS TENÉS MAL ACOSTUMBRADOS... HERMOSO RELATO! QUÉ MANERA DE MOSTRAR LA VIDA TAL CUAL ES..., CADA VEZ, ME CONMUEVEN MÁS TUS PALABRAS, SINCERAMENTE.
UN ABRAZO, QUERIDO AMIGO IMAGINARIO.
Ausencia.

Rossana dijo...

Qué fuerte es la bondad en este personaje, que no se queda en el nombre y asoma a su sonrisa...
Qué inspirador, Germán, que rescates del tiempo estos hombres que ya casi no quedan...
Creo que esa sonrisa que conserva es la de la dignidad. No sé nada de etimología pero Benigno debería provenir a la vez de "bueno" y de "digno" no? Debería, sería justo que así fuera, porque nunca un nombre fue tan merecido por un personaje.
Hermoso y conmovedor. Fermental. Inspirador. Gracias, (reverendo) Germán

Chechu del viejo San Telmo dijo...

Si todos sacáramos nuestra sonrisa de Benigno a relucir más a menudo, tal vez no faltarían todos los repollos, ni quedarían sólo cuatro por estos días...

Coincido con Susana, también me encantó el comentario de Milay.

Ger, muy lindo relato, beso grande, amigo!

FLACA dijo...

¡Que suerte que reapareciste!...Ya te extrañaba.Me gustó mucho tu entrega y como algunos de tus cuentos, me tocó el alma. Después paso y escribo más, ahora pasé a invitarte al blog del Tata, el padre del Santi, que con 87 años, la inteligencia lúcida y una sensibilidad exquisita, abrió su propio blog y creo que nos espera.
http://www.tatabloguero.blogspot.com/
Un abrazo.

Anónimo dijo...

no esta bueno que entre tanta libertad.se encuentre censura... COMENTARIO SUPRIMIDO?

Germán Ulrich dijo...

Señor anónimo, el comentario suprimido se debe a que no era comentario, sino un enlace a una página, lo que sería algo así como spam (disculpe usted mi ignorancia para explicarle mejor).
Odiaría que los amigos que ingresan a dejar su comentario tengan problemas en su PC por esta causa.
Le dejo un abrazo.

Le Santi dijo...

Germán: Un precioso cuento y qué tristeza me quedó. Al igual que Susana, destaco el comentario de Milay que hace innecesario agregar nada más.

Señor Anónimo:
Qué mala onda. ¿No sabe usted que hay muchas causas por las que uno puede borrar un comentario? Spam. Algo duplicado al pedo por meter mal el dedo. etc. etc.

mariquilla dijo...

Desde que tomamos contacto con el mundo nos engañan, nos dicen que la selva es eso de allá y que lo de acá es el mundo civilizado...¡Ah, cuánto engaño siempre y cuántos Benignos que, únicamente, intentan...!

Anónimo dijo...

que machistas!!! dar por hecho que fue un hombre. y no me extraña

andal13 dijo...

Estimado Anónimo o Estimada Anónima: Yo pecadora me confieso!!! Algunas veces yo misma he eliminado mensajes de mi blog porque se tratan de spam (por ejemplo, un anuncio que publicita impresoras) o porque se trata de vínculos que al cliquearlos "liberan" un virus informático (o no sé cuál es el término correcto). También me ha pasado de eliminar comentarios míos en blogs ajenos, porque de repente cometí un error de tipeo, o porque a veces el mismo comentario aparece por duplicado, y una queda como que fuera tartamuda!
Así que, en mi modesta opinión, la eliminación del comentario podría (nótese el uso del condicional) deberse a alguna razón de esta índole, y no al ánimo censurador del autor de este blog...
Besos en tus mejillas... barbadas o tersas! ;-)
Andrea (soy XX, porque el nombre puede dar lugar a confusiones...)

Anónimo dijo...

señores para que es un blog si no para escribir libremente?
entendi lo que escribio el señor ulrich.
PARA CONOCER A UNA PERSONA SE NECESITA TIEMPO...
SALUDOS Y GRACIAS POR RECORDARME EN ESTE BLOG..

Rossana dijo...

A los amigos...propongo que sigamos hablando de Benigno. Y ojalá que nos quede como un dicho, cuando alguien desea atención y la está captando, y no está aportando al tema central: SIGAMOS HABLANDO DE BENIGNO!!!! Un abrazo

juan pascualero dijo...

Mi lamento y conmiseración por los pobres ladrones de repollos, de ellos será la nada...

FLACA dijo...

Mañana, sin sueño, voy a entrar aquí a hablar de benigno. Ya te lo dije Germán, algunos de tus personajes parecen del barrio de mi infancia. Y sé muy bien cómo es benigno, porque es igualito a mi vecino de aquella época, el abuelo Martínez.
Y menos mal que me dejaste un comentario, porque ya me estaba poniendo celosa.

El Tata dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Le Santi dijo...

Hablando de Benigno:

Me quedó la inquietante sensación de que quienes le robaron los repollos fueron los vecinos amables, los de los cuatro nenes. ¿Seré un viejo tan desconfiado, o el cuento deja adivinar eso? ¿Seré tan jodido?

Rossana dijo...

Yo pensé lo mismo que Santi.

Rossana dijo...

Ah! Bueno, menos mal...Entonces estaba sugerido nomás! Yo también tuve mis dudas,pero tenía que ser así, por como queda la mujer. Un beso