María es, por decirlo de alguna manera, una mujer especial. Casi la mujer ideal. Si es que existe la mujer ideal, claro. María tiene una mirada tierna, que revela inteligencia a través de su brillo. Y tiene talento. Talento y belleza. Belleza y juventud. Juventud, que es lo mismo que decir oportunidad. Todo eso tiene María. Lo tiene.También tiene María un aroma que me fascina. Se despiertan mis sentidos al observarla, pero verdaderamente se rebelan cuando la huelo. Además, María tiene buenos sentimientos. Eso es así. No hay lugar en su mente para pensamientos espurios y sí, en cambio, posee espíritu justiciero. Tiene también María capacidad de indignación. Eso es algo que me atrae. Ella se indigna cuando encuentra actitudes indignas. En otras palabras, tiene dignidad. María es distinta, aunque tiene características comunes en muchas mujeres. Si, ella es diferente. Me dirán –me lo han dicho al escucharme hablar de ella- que muchas mujeres tienen belleza como María, otras tienen su inteligencia, algunas su bondad, y hasta puede haber una que la iguale en sensibilidad. Yo no contradigo nada de eso. Pero María, mi María, tiene todas juntas esas virtudes. Se argumentará que quizás haya otras mujeres, tal vez no muchas –admiten, concesivos- que en alguna ciudad estadounidense, campo europeo, pueblo oriental o isla del Pacífico, reúnan las condiciones que tiene María. Tampoco discuto eso.
No creo estar idealizando a María. Y hasta estoy dispuesto a aceptar, si así lo indican las evidencias, que quizás -como algunos creen- haya una bella, inteligente, joven y talentosa representante del sexo femenino que esté cerca de igualar todo lo que es para mí María. Pero hay un detalle que la hace incomparable, única, sin igual. Ella me comprende, ella me escucha, y ella me cree. Sí, mi María me cree.
Se podrá decir que es demasiado incipiente nuestra relación. Y que es casi ilógico pensar en compartir mi vida con ella. Es verdad, pero hoy nada me hace sentir lo contrario.
Seguramente su belleza algún día se atenuará, hasta casi perderse detrás de su piel arrugada por los años. Es verdad, pero hoy siento que quiero estar a su lado en ese momento.
Tal vez los años dañen su sensibilidad. Puede ser que frustraciones y fracasos lesionen su generosidad. Hoy acepto el reto, y aún así quiero estar con ella.
Puede pasar que su inteligencia le deje paso a la tozudez, y ésta a la intolerancia. Lo admito y arriesgo. Con gusto manifiesto mi disposición a ser víctima de eso.
¿Por qué?, se me pregunta.
Bueno. María es una belleza, probada es su brillantez y nadie duda de su integridad. Todo es palpable, comprobable. Me dirán que igualmente envejecerá, tal vez enfermará, y hasta quizás aprenderá a odiarme a medida que los achaques vayan minando su paciencia.
Pero yo aporto dos datos que considero fundamentales. El primero es por todos conocido, o al menos por todos aquellos que conocen a María. Ella es joven, apenas tiene 27 años. Entonces, para que la vida le modifique cuerpo y alma faltan décadas. Y todo ese tiempo podré disfrutarla.
El segundo dato es también trascendente, aunque sólo yo lo tengo en cuenta. Nuestra relación es muy reciente. Y un simple ejercicio de lógica me permite vislumbrar un porvenir pletórico de felicidad con solo proyectar nuestro incipiente idilio de una semana al hecho de compartir una vida. Una semana podrá parecer poco a quien desde afuera observa. Yo contesto que sí, es apenas una semana, pero de inusuales goces y placeres.
Pero un elemento se erige, irrefutable, para reafirmar mi esperanza de una larga vida juntos. Y si se me permite la reiteración, María, mi María, me cree. Para mí es tan o más importante que el amor, que ella tome mi palabra cual ley. Y por eso jamás le mentiría.
María está frente a mí, enamorada. Me mira con su infinita ternura. Habla poco, pero cuando lo hace me pone a prueba. Me ha preguntado qué es lo que más me agrada de ella. Es obvio que mi mente recorre en un segundo todas sus actitudes, el recuerdo de cada frase, su historia. También un segundo les demanda a mis ojos mirarla y admirarla.
Demoro, sin embargo, la respuesta. Adivino su sonrisa, y me regocijo. Hasta percibo el orgullo que le provocará mi sinceridad. Le contesto: “el espacio entre tus tetas”.
“¿Qué?”, pregunta, sorprendida. “El espacio entre tus tetas”, insisto, esta vez con un gesto en el rostro que, estoy seguro, se ve ganador, triunfal.
María posa sus ojos en los míos. Su mirada tiene un brillo especial. Siento curiosidad, y hasta me divierte un poco la situación. En una semana de noviazgo nunca había logrado captar así su atención. Vuelve a preguntar, insistente. Ratifico: “el espacio entre tus tetas”.
Me doy cuenta de que María es muy atractiva cuando se la mira desde atrás. Aunque su paso sea descuidado, aunque casi vaya a la carrera. Descubro, en ese instante, que me duele la mejilla derecha. Sospecho que mi María también hoy postergará nuestro primer beso. Intuyo que cuando dijo “idiota” se refirió a mí. Sigo, sin embargo, pensando en ese bello espacio.
12 comentarios:
que lastima por maria...no entendio nada...t felicito por el texto,absolutamente hipnotizador,me encanto.besos
Qué honor para María, engendrar tales miradas exteriores e interiores... una frase cursi: "En un minuto de amor se vive una eternidad"... ( desde que lei en La Tregua que todo lo verdadero tiene algo de cursi, deje de preocuparme..). Me gustó el texto.
"el espacio entre tus tetas...", muy excitante.
Realmente me encanto. Estas hipnotizado con María...
Gracias por pasar querido extraño.
bien, mas allá de toda acotación sobre el contenido del texto y lo afortunada que es María (por estar enamorada, no por lo que usted piense de ella), quiero decirle que me sorprendió su escritura.
Se nota, amigo, que usted se toma el merecido tiempo de observador y escritor y esos es algo que no se encuentra muy seguido por estos lares. Me gusta, voy a volver por aquí...
muy lindo lo suyo, Germán
Un beso
Magnífico...por su sencillez
Un regalo:
Dos o tres. Nada más.
Minutos en los que
Andar asido al poste que
Todos reconocen como dedo
De la suerte y, para mí,
Sólo es tu extremo. Tu mano,
Tu forma de llamarme por
Mi nombre.
hhmm. muy bonito el texto, muy bien llevada la narración. besos!
Hermoso relato! Qué ternura la tuya! A María tenés que convencerla de que todo de ella te gusta pero que morís por ese espacio y es tan lindo que así sea...
Ser deseada por algo (sea espacio o contenido) es magnífico.
Te felicito, te agradezco tu pasada por mi blog y te agrego a mi lista de los que visito diariamente.
Beso enorme
Me encantó este escrito, refleja mucho de mí... Maria, debería estar orgullosa de semejante declaracióm. Si yo fuera María, no me perdería esta oportunidad. Te felicito Germán, por tu escribir tan sentido y tan profundo.
Un Beso, T. A. I.
...muy bonito...
cuanto me hubiera gustado ser Maria... un beso
Un comentario en tu reciente post me atrajo hasta aqui...
Realmente maravilloso...
Ese espacio entre sus tetas tiene tanto para vos y hasta lo pensé tan cerca del corazón que hasta a mi me sacudio la mejilla... en fin, creo (espero) que algún dia "Maria" pueda comprender...
Ahora deberías hacerlo desde el punto de vista de María! Muy bueno. Sigo
hola, me encanto este cuento. lastima que no te conocia en esa epoca para escribirte algo, por eso ahora lo hago, jajaja. segui escribiendo, me identifico con tus cuentos, me haces mucho bien con tus palabras!
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