domingo, 13 de enero de 2008

Claridad

El atardecer en Tilcara apenas comenzaba, y con él el final de una larga jornada de trabajo en el campo para Ramón. Más apurado que nunca, y tratando de escapar del sol que parecía quemar con lenguas de fuego todavía, el jornalero llegó a su casa. Tenía algo importante que hacer: ayudar a su hijo a escribir una carta. El nene, expectante, lo veía refrescarse con el agua fresca del balde, recién sacada del aljibe. Tenía en sus manos un papel en blanco y un lápiz, y había arrimado dos sillas a la mesa de cemento del patio. Ramón lo miraba de reojo, intentando atenuar esa sensación de tristeza que lo venía consumiendo de a poco desde que el médico del hospital les dijo lo que con su mujer nunca hubiesen querido escuchar: Josecito padecía de leucemia.
¿Qué es eso, doctor?, había preguntado la Marta.
Ramón tampoco sabía de qué se trataba la leucemia, pero al escuchar esa palabra sintió que a nada bueno podía referir. Y el médico trató de alivianar la explicación, pero no pudo. Apenas dijo la palabra cáncer, observó cómo de los ojos de Ramón comenzaron a fluir gruesas lágrimas. Esas lágrimas de trabajador curtido que conmueven siempre, porque los trabajadores curtidos de Tilcara no saben llorar de alegría. Cuando el médico completó aquella frase nefasta, cáncer en la sangre, pensó que no podía engañarlos porque sería peor. Y entonces Ramón y la Marta escucharon que Josecito no tenía por delante más de seis meses de vida. Ramón tomó entre sus brazos a su mujer y dejó de llorar. Dijo: vida perra, y se la llevó.

Josecito esperó, paciente, a que su padre se secara las manos y la cara con la toalla que él mismo le había alcanzado. Y su padre no tardó en sentarse a su lado para ayudarlo a redactar la carta. El nene comenzó a escribir con letra redonda y prolija lo que Ramón le dictaba. Ramón no sabía ni leer ni escribir, pero su hijo lo sentía un sabio. Escribió el nene: Señores de la Comisión Directiva del Club Peñarol de La Plata, y Ramón observó con incomparable orgullo lo linda que era la letra de su hijo. Y siguieron debatiendo, dictando y escribiendo durante un largo rato, hasta que pensaron que el mensaje que querían transmitir iba a ser entendido por los señores que conducían el club que Josecito amaba por alguna extraña razón. Era el único hincha de Peñarol en todo Tilcara, y quizás en toda la provincia de Jujuy. Cuando terminaron, la Marta ya tenía la cena lista, y juntos los tres se sentaron alrededor de la mesa de la cocina a hablar, mal alumbrados por la lámpara a querosén. Josecito estaba excitado y no era para menos. La carta ya escrita le hacía sentir que estaba más cerca de concretar su sueño de tener una camiseta de Peñarol firmada por los ídolos que sólo conocía por nombre.
Mañana averiguamos la dirección del club y mandamos la carta, dijo la madre.
Marta ya había pensado que se privaría de lo que fuera con tal de enviar la carta certificada. El tiempo era un apremio para Ramón y para ella.
* * *
El atardecer en La Plata iba transformándose en anochecer cuando comenzaron a llegar los dirigentes de Peñarol a la sede social del club. El día anterior el equipo había rescatado un empate en la siempre difícil cancha de Banfield, por lo que se avizoraba una semana de tranquilidad. Y esa tranquilidad era bienvenida, por inusual. El club atravesaba por una difícil situación financiera, que en los últimos tiempos había comenzado a traslucirse en la campaña del equipo. Pero el empate de la víspera en el sur del Gran Buenos Aires era una bocanada de aire fresco, y se notaba en el ánimo de los dirigentes que iban llegando a la sede para la reunión de comisión directiva de los lunes.
Cuando llegó el doctor Mendizábal, todas las conversaciones aisladas se transformaron en un silencio. El presidente del club informó su conversación con el gerente de una empresa de seguros, que estudiaba la posibilidad de apoyar a la institución. Al escuchar la buena nueva los otros dirigentes profirieron exclamaciones de satisfacción, pero fueron interrumpidos por el presidente Mendizábal, que pidió cautela. Luego, tras haber conversado sin demasiado interés sobre los distintos temas institucionales, los dirigentes dejaron de lado las formalidades y fueron a lo que más les gustaba: hablar de fútbol. Mientras lo hacían, el vocal Omar Quiroga extrajo una carta de la pila de papeles que descansaba en la mesa de reuniones, y la abrió. La leyó con displicencia al principio, pero luego fue poniendo toda su atención, hasta que la terminó. Sus compañeros seguían comentando las alternativas del partido del día anterior, pero decidió interrumpirlos. Les contó que la carta había sido enviada por un chico de Tilcara, que les contaba que estaba enfermo de leucemia y que su sueño era tener una camiseta del club con la firma de los jugadores. Lo interrumpió Domínguez, el tesorero, con una frase dicha con sarcasmo: Ah, claro… les vamos a pedir un favor a los jugadores, para que nos recuerden que les debemos cuatro meses de sueldo...
Quiroga asintió, pero sensibilizado por el contenido de la carta, se ofreció a hablar con los futbolistas. Es algo que vale la pena intentar, aventuró. Domínguez volvió a tomar la palabra: ¿vos creés que a esos negros les puede importar la suerte de ese pibe? Pero por favor... si lo único que les importa es la plata...
Quiroga, desde su modesto lugar de vocal, no tenía muchas posibilidades de seguir insistiendo, y comprendió que le convenía olvidarse del asunto cuando terció en la conversación el presidente, ordenando que le dieran la carta a los de la revista del club, para que la publiquen y quede bien clarito que Peñarol tiene hinchas en todos lados.
* * *
Josecito se alegró por el empate de su Peñarol ante Banfield, y disfrutó luego con las dos victorias que siguieron, ante Huracán y Platense. Pero el cartero seguía sin aparecer por su casa. Ramón y la Marta veían cómo la salud de su hijo se deterioraba cada día y a la tristeza se le sumó la impotencia. Deseaban que llegara la camiseta, y hasta le atribuyeron cualidades milagrosas. Cuando llegue, Josecito se va a poner tan contento que se va a mejorar, estoy seguro, dijo una noche Ramón, mal alumbrado, en la cocina. Su mujer asintió.
Pero el cartero nunca llegó hasta la casa, y Josecito fue a morir al hospital del pueblo. Ramón y su mujer no lograron entender la saña del destino, y tampoco encontraron el alivio de la resignación.
Pasaron algunos días, y a Ramón se le instaló una idea en la mente. Cada vez que observaba la camita vacía de su hijo, luchaba para no albergar resentimiento contra los dirigentes de Peñarol. Hasta que un día volvió un poco más temprano de trabajar en el campo y fue a hablar con la que había sido maestra de Josecito. La mujer lo recibió con amabilidad y aceptó inmediatamente el pedido de Ramón: ayudarle a escribir una carta.
Y ese mismo atardecer, la maestra fue a la casa de Ramón, que la esperaba junto a su esposa con una hoja en blanco y un lápiz. Cuando terminaron, los padres de Josecito le pidieron que leyera la carta completa, y al escuchar sintieron que estaban haciendo lo correcto.
* * *
El presente de Peñarol no podía ser más alentador. El equipo mostraba progresos constantes y acumulaba una racha de siete partidos sin perder, que lo ubicó en los primeros puestos del campeonato y lo alejó de la temida zona de descenso. Además, la llegada de dinero fresco proveniente de la compañía de seguros había engordado las arcas. El plantel de jugadores estaba al día con los salarios, el estadio resultaba chico cuando el equipo jugaba como local y comenzaban a llegar ofertas por algunos de los jugadores que se estaban destacando. En ese contexto, las reuniones de comisión directiva se parecían a encuentros de amigos que se contaban las buenas cosas que les estaba deparando la vida.
El lunes posterior al triunfo sobre San Lorenzo, el presidente Mendizábal llegó exultante a la sede social, mucho antes del horario habitual. Lo habían llamado desde el club Boca Juniors para solicitarle cotización oficial por el pase del goleador del equipo. Junto al resto de los dirigentes debatió sobre la conveniencia o no de transferirlo en ese momento, y sobre la tasación que podían fijar. El vocal Quiroga, fiel a su costumbre, aprovechó la reunión para pasar revista a toda la correspondencia que llegaba al club, que se había incrementado a partir de los buenos resultados. En eso estaba, cuando observó el sobre fechado en Tilcara. Lo abrió, y leyó la carta. Era la letra de una mujer, pero esa letra explicaba que el mensaje correspondía a un hombre que no sabía escribir, que había perdido un hijo por la leucemia, y que ese hijo había esperado en vano la camiseta del club que amaba. Luego, el texto expresaba el dolor de Ramón cada vez que observaba la carita de su hijo, cada vez que el cartero pasaba de largo por la vereda de su casa. Y finalizaba con una pregunta: ¿Ustedes no saben lo que vale la ilusión de un niño?
El vocal Quiroga interrumpió a sus pares de comisión directiva para contarles lo que había leído. El tesorero Domínguez intentó cortarlo, pero Quiroga siguió hablando hasta que todos se enteraron de que el nene que les había escrito unos meses atrás había muerto sin recibir la camiseta que anhelaba. El vocal se paró frente al tesorero y, desafiante, le preguntó: ¿Qué te parece la noticia? ¿Te gusta?
El presidente Mendizábal jamás permitía discusiones de esa naturaleza en el recinto de reuniones, y para demostrar su autoridad les ordenó a ambos que se sentaran en sus lugares. Luego fue mirando uno a uno a todos los integrantes de la directiva, hasta que se detuvo en el rostro de Quiroga. Observándolo fijamente, dijo: cuando terminemos de hablar de las cosas importantes, vamos a pasar a las pavadas…
El vocal Omar Quiroga se limitó a guardar la carta de Ramón en un bolsillo, y se retiró sin decir nada. Todo estaba demasiado claro.

8 comentarios:

cecilia dijo...

es que parece que la vida se empeña en que nosotros hagamos todo lo posible para envilecerla.

Excelente Germán

Un beso

La Maga dijo...

el sabado me estoy marchando para el NOA,asi que es probable que el Ramon de tu relato se cruce por mi vida...jaja..
te felicito,me gusto mucho!
besossssss

Ishel dijo...

Muy linda historia, me encanto. Gracias por visitarme. Un abrazo

Lu dijo...

German: Prometo tomarme el tiempo necesario para leer tu ultimo texto. un beso

Lu dijo...

Me tomé el tiempo y lo leí.
Mortal. Muy triste.
Nosotros todavía nos conmovemos por cosas así. Un texto así me conmueve. Ante lo inevitable, en este caso, esta muerte, pensé que el pibe se iba a salvar.... me atrapó tu texto y cuando leo algunas cosas tuyas, me olvido el límite entre la ficción y la realidad....
¿Para cuando publicás un libro?

Cecilia dijo...

Un texto demasiado triste.
Un sueño que no pudo ser cumplido porque para ciertas personas no era importante.

Hay ciertas personas que ya no tienen sentimientos, se parecen cada vez más a las maquinas.

El relato me sonó tan real, lo sentí como real....

Mi admiración para usted querido extraño.

Besos

rossana dijo...

ESte es el tercer relato tuyo que leo. Una vez que me metí con tu blog, no me pude ir. Pese a que los cuentos son largos, uno disfruta cada parte. Veo detrás de tu narrativa una ética del escritor, de no vender buzones, de abordar temas espinosos, que importan, comprometidos. Me gusta mucho. Me parece muy profundo. Sigo leyendo. Cada vez más me interesa este vínculo.

andal13 dijo...

Y ahora, Germán, con qué desato el nudo que se quedó en mi garganta?